[...] Querer prescindir del reglamento, pensar que la costumbre en países como el nuestro, y como en Francia, puede sustituir a las reglas, impedir que alguien se exprese, creer que puede resultar beneficioso el tumulto, no es sino caminar por la senda que se denuncia en el libro de aquella Revolución que acabó de modo tan dramático.
Es verdad que el lugar en el que se celebraba la Convención no era el apropiado, era un centro hípico que había montado el Rey Sol para que su nieto aprendiese a montar a caballo.
Las tribunas, pensadas para los caballos, llenas, atestadas; el poder del presidente era minúsculo. Aquí, en España, un día insultaron a los diputados desde la tribuna y pudimos con la policía detener y poner en manos del juez a los perturbadores. Por cierto, el juez consideró luego que no se había alterado el orden, claro, el orden del juez desde luego no se alteró.
Aquel presidente de la Convención tenía, como una forma de autoridad, ponerse o quitarse el sombrero con un penacho y unos ujieres -me los imagino- con calzón negro y con unos collares como el de un somelier.
Unos presidentes que, además, eran elegidos para un par de semanas, costumbre que no era sólo francesa. En el Congreso de los Diputados hemos sido 144 los presidentes, pero muchos no llegaron al mes de ejercicio.
Dice Pedro J. que quizá el reglamento y el lugar de reunión no fueron determinantes, pero desde luego sí fueron condicionantes poderosos del fracaso de aquella experiencia del sufragio universal masculino: no dejar hablar, pensar que se puede gobernar un país cuando no se respetan las reglas de la palabra es una quimera o una hipocresía.
El Primer Naufragio no es una novela, aunque a veces se lea como tal. Y mucho menos es una novela histórica. El Primer Naufragio es un libro de Historia que lo ha escrito un periodista.
En muchos momentos, leyéndolo, me acordaba del autor y me decía: ¿qué querrá decir Pedro J. con lo que ahora está comentando?, ¿qué conclusión política estará preparando para su pastoral dominical de EL MUNDO?
En ética y en política no hay nada más pernicioso que defender fanáticamente unas pocas ideas. vivimos en una sociedad en la que da miedo estar de acuerdo con quien no votas.
Los indignados no se pueden comparar a los de 1793. Sería un despropósito. Como presidente del Congreso, y como representante elegido les digo: «Si lo que queréis es negar la política y descalificar al disidente, efectivamente, ni os represento ni quiero representaros».
Si lo que quieren es negar el valor de las urnas, yo me quedo siempre con las urnas.
Sería muy peligroso pensar que el poder soberano se define en las aceras, con un megáfono o en una tienda de campaña. Hay que escuchar pero no se puede ser intelectual complaciente con quien niega que el único poder reside en el pueblo y este se expresa a través de las urnas, en elecciones libres.
Nadie tiene toda la razón... ni es de Mariano Rajoy ni es de José Luis Rodríguez Zapatero: la razón es de los españoles
GONZALO ANES
28/09/2011
Los valores llegaron tras el sufrimiento
[...] El Primer Naufragio es una obra digna de elogio por muchas razones. Una de ellas porque un español, aunque no sea historiador, se interese por la Historia de otro país de Europa distinto de España.
[...] Este libro difiere de las tesis por su estilo literario, (...) se lee con sumo agrado y en efecto parece un reportaje de batallas o acontecimientos especialmente graves.
[...] En la Francia del siglo XVIII, quienes crean la opinión son los hombres de letras, que no tenían la menor experiencia práctica, política, se dedicaban a la literatura. En España no ocurría así, porque los grandes pensadores del XVIII, Jovellanos, Campomanes, Aranda, Floridablanca, tenían experiencia de gobierno y sabían la diferencia que hay entre lo que se desea, lo que se querría y las posibilidades de llevarlo a la práctica. Los hombres de letras franceses no tenían esa experiencia, y querían cambiarlo todo y de forma radical, no eran conscientes de los obstáculos que la organización social existente habría de oponer a los cambios bruscos que propugnaban. Y así, Tocqueville, que examinó detenidamente los famosos cuadernos de quejas escritos por los tres estados, se asombra de la coincidencia de todos en pedir la abolición simultánea y completa de todas las leyes y costumbres vigentes en Francia, es decir, quienes antes de la reunión de los Estados Generales hacen estas peticiones, coincidían en propugnar lo que luego se produjo de manera revolucionaria.
En toda Europa, durante el siglo XVIII, acentuado en la segunda mitad, estaba desacreditado todo lo antiguo, las costumbres, las tradiciones, se rechazaban por arcaicas, los muebles, los gustos, todo. Sin la Revolución, dice Tocqueville, hubieran proseguido los cambios graduales, con la Revolución se produce una convulsión dolorosa sin transición, sin precauciones, que derribó lo que hubiera caído por sí mismo.
Es muy difícil hacer esa historia consistente en lo que hubiera sido de no haber sido lo que fue, pero es posible, y debe hacerse. Lo que sí quiero concluir es que Pedro J. Ramírez dedica este gran libro a describir y analizar los meses más terribles del proceso revolucionario, la quiebra de las esperanzas de alcanzar los tres valores que venían a ser la síntesis de la Revolución: Libertad, Igualdad, Fraternidad.
Las crueldades del Terror no las hicieron posible por entonces, pues destruyeron la República y condujeron a una dictadura militar, la del Directorio (1795-1799) que condujo al imperio bajo Napoleón y a la desintegración de toda Europa con las consecuencias que para España fueron, sobre todo, terribles. Este libro trata de las raíces de esa quiebra, que fue muy grave para toda Europa y yo me atrevo a decir para todo el mundo, y que hizo imposible que pudieran conseguirse esos tres valores que todos los demócratas tenemos muy arraigados, Libertad, Igualdad y Fraternidad. Se consiguieron, pero después de años de sufrimiento y con retraso.
bruno delaye
28/09/2011
Una lección para cuadros políticos
He leído El Primer Naufragio con interés, curiosidad y admiración. Es una obra excepcional, por más de una razón: en primer lugar, demuestra con maestría cómo, con una lupa de aumento (1.300 páginas para cubrir cuatro meses de la Revolución Francesa), se puede esclarecer el curso general de la Historia, con H mayúscula.
El periodo elegido no es cualquiera. Se trata del enfrentamiento entre girondinos y jacobinos y de la victoria de estos últimos, gracias a un golpe de Estado [...]. Esos cuatro meses son claves, pues tendrán consecuencias históricas hasta nuestros días, en Francia y en el mundo. Si el resultado de este enfrentamiento hubiera sido distinto, el rostro de Francia sería radicalmente otro.
La balanza de fuerzas democráticas dentro de la Convención -que fue la primera asamblea elegida por sufragio universal masculino- no se inclinaba a favor de los jacobinos. La Francia rural era mayoritariamente girondina. Y este libro relata precisamente cómo una minoría decidida y organizada puede cambiar el curso de la Historia.
Este modelo tuvo varias réplicas funestas en otros momentos de la Historia, momentos en los cuales un grupo explota, para sus fines exclusivos, la crisis económica, el movimiento de las masas y las aspiraciones democráticas a la libertad: la revolución bolchevique de 1917, que acabó con los mencheviques; la llegada del nazismo a Alemania, o la revolución iraní y la dictadura de Jomeini.
En segundo lugar, este libro arroja nueva luz sobre la Revolución Francesa a propósito del enfrentamiento entre girondinos y jacobinos. La corriente dominante de la historiografía ha presentado siempre esta lucha como una batalla equilibrada entre dos facciones organizadas. El libro rompe con este tópico: los girondinos no estaban organizados de ninguna manera. [...] Mientras, los jacobinos habían logrado una temible combinación de: el embrión de un partido, el Club de los Jacobinos, y sus 5.000 delegaciones en toda Francia, es decir, casi 250.000 militantes; el control de los barrios de la capital y del ayuntamiento de París; el control de las fuerzas de orden público [...]. El libro relata con precisión la puesta en marcha de este proceso. A mi juicio, ¡debería ser un instrumento de estudio en los cursos de formación de los partidos políticos para sus militantes!
En tercer lugar, podemos decir que esos meses fatídicos son la matriz de la vida política francesa hasta hoy: entre liberales y colbertistas, regionalistas y centralistas, europeístas y soberanistas [...].
Esta revolución nació de las magníficas utopías de la Ilustración, pero nació también de la sangre y el crimen de masas. Fue una tragedia, como la figura de Saturno devorando a sus hijos, pero con el filtro del tiempo, esperemos haber conservado lo mejor de ella: la soberanía del pueblo y no la de un solo individuo; los derechos del Hombre y del Ciudadano; la separación entre el Estado y la religión; el sufragio universal; la democracia representativa; la universalidad de la Razón frente al oscurantismo.
Hoy en día, en las primaveras árabes se desarrolla quizás un guión que el libro de Pedro J. nos ayudará a analizar. Y en ese escenario, ¿quién ganará? ¿Los girondinos o los montagnards? ¿Los demócratas o los integristas? Esperemos que en el futuro no haya materia para escribir un libro sobre las revoluciones árabes cuyo título sería Primavera árabe: el primer naufragio. Porque conocemos nuestra propia historia, gracias al trabajo de Pedro J., nosotros, europeos, trabajamos para evitarlo.
PEDRO J. RAMÍREZ
28/09/2011
Palabras para Rajoy y Zapatero
El Primer Naufragio es un libro para todos los públicos, especialmente recomendable a diputados y senadores, pues, aproximadamente, la mitad de sus 1.300 páginas transcurren en la tribuna y pasillos de la Convención Nacional. Es decir, en el Parlamento. Por eso decidí pedirle a Noé que viniera a hablarnos del Diluvio.
Debo confesar que, ya mientras escribía el libro, pensaba en lo que pensaría José Bono cuando lo leyera. Y es que, aunque ha sido presidente del Congreso sólo durante una legislatura, ha dejado tal impronta en el cargo que ya es como si siempre hubiera sido uno de los leones de la entrada, o sea el guardián del poder legislativo [...].
A Mariano Rajoy quiero decirle que somos muy conscientes de que, si el resultado de las elecciones se corresponde dentro de dos meses con el de todas las encuestas, tendrá una tarea hercúlea por delante. [...] Por eso quiero decirle también hoy que, si llega el momento de tomar decisiones difíciles que necesiten la comprensión y el respaldo de la opinión pública, no seré yo, no será EL MUNDO, no será Unidad Editorial la que desatienda la llamada de ese tocsin.
No me gustaría que esto sonara como un consejo, pues bastantes tiene que escuchar usted todos los días, pero tras haber escrito este libro es inevitable que, en una situación límite como la nuestra, resuene en mis oídos la consigna del mejor Danton que engendró la victoria de Valmy: «Audacia, audacia y Francia estará salvada». Ojalá fuera tan sencillo, ¿verdad?
Quiero agradecer por último de todo corazón la asistencia del presidente del Gobierno de España, justo en el día en que comienza el proceso que desembocará en la transferencia del poder al que será su sucesor en La Moncloa.
Seguro que él también estará encontrando en mi libro muchos reflejos del presente, y no creo que le moleste si le digo que hubo un momento al escribirlo en que pensé inmediatamente en él. Fue al reconstruir el pasaje en el que el soñador Vergniaud dice que, mientras otros querían hacer la Revolución mediante el Terror, él quería hacerla mediante el Amor.
Es imposible saber si la Historia será más severa o indulgente porque aún nos falta perspectiva. Pero quiero decir que estoy convencido de que, equivocadamente o no, usted siempre ha hecho lo que creía que era mejor para España [...]. Quiero, además, darle las gracias por su cordialidad personal, por su sentido de la contención y por el buen talante, sí, con que ha acogido las críticas más duras. Eso también es una parte de su herencia que estoy seguro de que sabremos preservar, pues no hay camino más seguro hacia los arrecifes del desastre que convertir a los adversarios políticos en enemigos personales. Eso no lo ha hecho usted y estoy seguro de que tampoco lo hará su sucesor