miércoles, 18 de enero de 2012

VEREDICTO FINAL España fue lo más parecido al hampa del Chicago con pistolas


  • RODOLFO ULLATE
  • 15/01/2012 CRONICA/El Mundo
  • Viaje a «El terror rojo» de la mano del hispanista británico Julius Ruiz. Es la investigación definitiva sobre la matanza que persigue a Carrillo, con los nombres de los más sanguinarios


    Baltasar Garzón, un ex juez irrespetuoso con la Ley y que considera que el fin justifica los medios

    Un hombre cruza aceleradamente la glorieta de Cuatro Caminos. Madrid. Verano de 1936. Tiene motivos para escapar. Aunque lleva escondido más de un mes, finalmente ha sido delatado. Por eso ahora huye. Le persiguen unos hombres armados. Rápido, compra una entrada en el cine Europa, en plena calle de Bravo Murillo, donde se proyecta una película sobre la historia de Al Capone y su banda de gánsteres en el Chicago de los años 20.

    Aún sentado en la sala de butacas, el hombre no puede controlar su respiración. No se siente a salvo. De repente, se encienden las luces del cine y varios tipos, vestidos de paisano, le apuntan. La orden es clara: «¡Acompáñanos!». Él, sintiéndose perdido, intenta provocar un escándalo ante testigos y exige la presencia de la Policía. Minutos después, llegan varios coches de la Dirección General de Seguridad con Guardias de Asalto uniformados. De nada le sirve. Los agentes le confirman que pesa sobre él un mandato de detención. Que «está todo en orden» y que debe acompañar a los milicianos.

    El cuerpo de Pedro Otero Díaz, religioso, el hombre que buscó refugio en el cine, apareció acribillado al día siguiente, 30 de agosto de 1936, a las afueras de Madrid, en la carretera de Burgos. La autoría del asesinato fue atribuida a los Cinco Diablos.

    Películas de gánsteres en las carteleras de los cines y pistoleros en coches recorriendo la ciudad a la caza de fascistas. Este fue el ambiente que se vivió en Madrid a partir del 18 de julio de 1936. Miles de vehículos y camiones -casi todos los que circulaban en Madrid- habían sido requisados. Los tribunales revolucionarios y sus grupos de investigación se quedaron con buena parte de los autos confiscados. Con ellos viajó la represión. La cacería de los sospechosos por simpatizar con la causa de Franco y los militares sublevados. Cine negro hecho realidad en plena Guerra Civil. Imágenes y diálogos que se proyectaban en las salas y que, instantes después, se reproducían -ahora sí: con disparos y sangre real- en las calles. La lista de similitudes cinematográficas se hace interminable: los paseos (sinónimo de ejecución) parecen inspirados en One-way ride (Paseo sin retorno); cuadrillas de cazadores recorrían las calles como las de los gánsteres de Scarface, el terror del hampa; la famosa Brigada del amanecer socialista tuvo su inspiración en la película de Howard Hawks The Dawn Patrol; otra brigada de milicianos Los linces de la República eran lo más parecido a los pistoleros de la cinta Hampa dorada de Mervyn Leroy; la expresión «dar un paseo» -taken for a ride- aparece en un documental Chicago la ciudad del crimen donde se describían los asesinatos de la mafia que se legitimaban bajo el argumento de «la justicia del pueblo»…

    Hasta Popeye, el héroe de las espinacas que tanto hacía reír a mayores y niños en los programas dobles de las carteleras del Capitol, Europa, Carretas o Monumental Cinema… se convirtió en símbolo antifascista. Una unidad de milicias que se alojaba en el Ateneo Libertario de Retiro llevó el nombre del musculoso grumete, siendo también mascotas de algunas unidades del Ejército republicano unos muñecos del marinero (el Frente Popular llegó a utilizar su imagen en su propaganda). También, un pelotón de ejecución del PCE de la Radio Oeste en Madrid fue conocido como «Grupo Popeye» porque su líder se hacía llamar como el personaje de los dibujos animados.

    La vida imitó al séptimo arte durante aquel verano del 36, y la capital de España fue lo más parecido al hampa del Chicago con pistolas, bandolerismo y asesinatos. Aunque con notables diferencias. La lucha entre bandas, al margen de la ley, no existió. La llamada «quinta columna» fue más un mito de la propaganda que una realidad (alentada en muchas ocasiones por los propios republicanos para justificar sus desmanes). El terror reinó en el Madrid del Frente Popular bajo el amparo y como instrumento de represión del Gobierno de la II República, y se dirigió contra todo aquél considerado arbitrariamente desafecto, espía o enemigo. En unos meses de guerra, la realidad superó todo lo imaginado por los guionistas de Hollywood: el genocidio de Paracuellos. Hoy en Crónica podemos hacernos eco del veredicto final sobre aquella masacre.

    El terror rojo es el título del libro del historiador británico Julius Ruiz editado por Espasa y que verá la luz el próximo martes 17 de enero. Este profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Edimburgo, hijo de españoles que emigraron a Inglaterra en los años 60, lo tiene claro: «La represión en el bando republicano tras el estallido de la Guerra Civil no fue una reacción popular descontrolada. Todo lo contrario. Fue la acción institucionalizada del Gobierno de la II República contra los que consideró sus enemigos. En el verano del 36 la identificación y eliminación de los espías fascistas en Madrid se consideró una necesidad militar. Era un frente más de guerra. Al principio de la sublevación, se puede hablar de cierta actividad arbitraria por parte de grupos, más o menos incontrolados, pero siempre bajo el amparo y la protección de los dirigentes políticos y del Gobierno. La actitud de éstos (según los casos) siempre fue ambigua, cuando no de colaboración con los crímenes, y siempre de protección de los asesinos. La prueba de todo lo anterior se encuentra en lo documentado en mi investigación: la continuidad de los verdugos. No existieron -salvo contadas excepciones y siempre por motivos ajenos a la política- persecución, juicio, ni castigo contra los responsables de los excesos y asesinatos. Todo lo contrario. Son los mismos sujetos (con nombres y apellidos) quienes cometieron los primeros asesinatos (inaugurando los paseos), y los que participan en las sacas y matanzas de las cárceles madrileñas de octubre y noviembre de 1936. Aún más: después de todo el escándalo internacional provocado por la masacre de Paracuellos, los principales matarifes siguieron siendo peones y piezas claves en el organigrama institucional policial-represor del Gobierno del Frente Popular».

    ni tan buenos ni tan malos

    Baltasar Garzón, un ex juez irrespetuoso con la Ley y que considera que el fin justifica los mediosGran parte del material que ha utilizado Ruiz para la redacción de su libro «es inédito y fruto de una exhaustiva labor de investigación en fuentes y archivos españoles y del Reino Unido». «Estoy convencido de que mi investigación generará polémica en España, porque me aparto tanto de la historiografía franquista (que hace responsable de todo lo ocurrido en el Madrid del Frente Popular a los agentes soviéticos y al PCE con Santiago Carrillo a la cabeza), como de la visión romántica, políticamente correcta y mayoritaria de la historiografía anglosajona (Gabriel Jackson, Hugh Thomas, Paul Preston, Gerald Brenan o Ian Gibson) que, todavía hoy, sigue presentando la Guerra Civil española como el enfrentamiento entre buenos y malos; ricos y pobres; fascistas y demócratas. Afortunadamente, hoy hay líneas y grupos de investigación en universidades e institutos que se acercan con documentos y objetividad a lo que pasó, y se dan cuenta de que esto no fue así. La complejidad de lo sucedido es lo más atractivo desde el punto de vista del investigador».

    Y Julius Ruiz sabe perfectamente de lo que habla, porque es descendiente de una víctima del bando franquista (su bisabuelo paterno fue fusilado el 27 de agosto de 1936 en Sevilla) mientras que su abuelo (hijo del republicano fusilado) perteneció a la Policía Armada durante la posguerra en Madrid. «La Guerra Civil fue un enfrentamiento bélico made in Spain: españoles versus españoles. Los extranjeros, (agentes, colaboradores y brigadistas) fueron la coreografía necesaria de una tragedia typical spanish. También ocurrió así en la represión y en los genocidios de ambos bandos. Desgraciadamente, los españoles no necesitan ayuda para matarse los unos a los otros. Echar la culpa de Paracuellos a los agentes soviéticos es algo que interesó al franquismo y a los propios comunistas españoles. La realidad es que los extranjeros y los agentes del NKVD (servicio secreto de la Unión Soviética) pintaron muy poco y, siempre, como actores secundarios entre tanta sangre».

    En El terror rojo, el hispanista Ruiz hila la trama de los responsables directos de aquellos crímenes: «Antes de Paracuellos ocurrieron muchos otros asesinatos, más de 6.000 en todo Madrid (una media semanal de 375 asesinatos), siendo sus responsables las mismas personas. El terror fue organizado. Era una cadena de mando que partía desde el propio gobierno del Frente Popular (a través del Ministerio de Gobernación -el socialista Andrés Galarza- y la Dirección General de Seguridad -el militante de Izquierda Republicana Manuel Muñoz-) y se articulaba en eslabones de ejecución como fueron las Brigadas Provinciales de Investigación Pública, los Comités Revolucionarios, los Tribunales Populares, las Brigadas Especiales de Policía…Formando parte de todas ellas los partidos y sindicatos del Frente Popular: PSOE, PCE, CNT, FAI, UGT, JSU, IR… Existen actas de una importante reunión de la CNT-FAI, descubiertas en Ámsterdam en 2004 por Jorge Martínez Reverte, donde se relata cómo se clasificaban secretamente los prisioneros antes de su ejecución. Todos los integrantes de estos grupos, eran militantes con pistola, carnet político y cédula de identificación policial. Nada fue espontáneo ni producto de la ira revolucionaria del pueblo».

    Como hizo el investigador granadino Miguel Caballero, que logró identificar a quienes fusilaron a Federico García Lorca [ver Crónica del 19 de junio de 2011], Julius Ruiz pone nombres a los principales gánsteres del terror rojo en Madrid. Arturo García de la Rosa, el cabecilla de los Cinco Diablos, está entre ellos. Los otros son: Manuel Roscón Ramírez, Félix Vega Sanz, Manuel Ramos Martínez y Antonio Molina Martínez.

    Se arrancaron con matariles nada más dar Franco el golpe militar (18 julio de 1936) y terminaron, en el sangriento noviembre de aquel año, con la traca final de Paracuellos (2.500 asesinados). Para entonces estaban todos a las órdenes del organismo del que era responsable Santiago Carrillo. Los cinco terminaron en el Consejo de Investigación de la Consejería de Orden Público de la Junta de Defensa de Madrid. Todos ellos también son señalados por investigadores como Gibson o Preston como participantes en los asesinatos de otoño del 36 en Madrid. Julius Ruiz, establece contra ellos el veredicto final de Paracuellos, la gran matanza que siempre ha perseguido al líder comunista español: «Podrían ser muchos más, pero estos cinco pistoleros representan mejor que nadie la impunidad y el respaldo institucional de cada uno de sus asesinatos».

    Aún más osado es el hispanista cuando aventura un paralelismo entre el modo de actuar de las brigadas republicanas y el mundo del hampa que asomaba por la gran pantalla cinematográfica. «Por supuesto, el terror no fue causado por Hollywood, pero el gansterismo se convirtió en el modo de asesinar más común en 1936. En contra de lo que se ha afirmado en muchos ocasiones, la represión de la Guerra Civil española fue moderna hasta en las formas de conducir a las víctimas hasta la muerte: vehículos y autobuses, paseos y ametrallamientos… Una brigada de milicianos de la UGT se movía por Madrid en el Rolls Royce del antiguo presidente del Consejo de Ministros Joaquín Chapaprieta, otro grupo de la CNT-FAI, autodenominado como la brigadilla relámpago, estampó las palabras El Trueno en el vehículo de la CPIP. Para terminar, un grupo con base en el Ateneo Libertario del Retiro llegó a llamarse abiertamente la cuadrilla de los gánsteres.

    Pero ninguno de los brigadistas y milicianos que actuaron en el Madrid del 36 acumula tanto currículum de sangre como los cinco señalados por el historiador de la universidad de Edimburgo.

    EL DIABLO. La brigada de los Cinco Diablos llevaba aquel temido nombre por el número de sus integrantes. Y por cómo se las gastaba. Pertenecía la brigada a las Juventudes Socialistas Unifi-cadas (JSU), dentro de la cual actuaba un miliciano apodado matacuras, y era uno de los muchos grupos que integraban el Comité Provincial de Investiga-ción Pública (CPIP), la policía política antifascista creada en el Madrid de 1936 tras el 18 de julio.

    La sede de las milicias de la JSU estaba en la calle Zurbano nº 68, a cuyo frente se encontraba un albañil de 23 años, Arturo García de la Rosa. García de la Rosa era el representante de las Juventudes Socialistas Unificadas en el Comité directivo del CPIP, además de jefe de un Tribunal revolucionario paralelo dependiente de la checa de Fomento. En otoño de 1936, junto a todas las JSU se integró en el PCE y participó, junto con otros dirigentes del CPIP en las sacas de las cárceles madrileñas a partir del 27 de octubre. El 7 de noviembre fue nombrado miembro del Consejo de Investigación de la Dirección General de Seguridad por Santiago Carrillo (dentro de la Junta de Defensa de Madrid presidida por el general Miaja). Fue integrante también de los tribunales que seleccionaron a los facciosos cuyo destino final fue Paracuellos del Jarama en las cárceles de Porlier y Ventas. Llegó a ser Comisario Político en el Ejército Popular. Exiliado después de la guerra, regresó a España una vez muerto Franco. En 1982 reconoció en entrevista realizada por Ian Gibson su participación en aquellos sucesos, incluso la escena relatada en la Causa General donde se narra que se les ofreció a los militares detenidos la posibilidad de luchar contra Franco. Sólo cuatro militares dieron un paso al frente. En la noche del 4 de noviembre llegó a la cárcel de Porlier una orden de traslado a la prisión de Chinchilla con los nombres de unos 100 presos. Entre ellos los 37 militares que no quisieron combatir con el Frente Popular. Todos fueron asesinados.

    EL PINTOR. Manuel Rascón Ramí-rez, pintor decorador de 34 años en 1936. Miembro de la ejecutiva de la Federación Local de Sin-dicatos de la CNT, representando al Sindicato Único de la Cons-trucción. Representante anarco-sindicalista en el Comité directivo del CPIP y responsable del nego-ciado de Personal.

    Organiza, con otros dirigentes del CPIP, las sacas de cárceles a partir de 27 de octubre y las matanzas de Aravaca. El 7 de noviembre es nombrado miembro del Consejo de Investigación de la Dirección General de Seguridad por Santiago Carrillo y es responsable de los tribunales de selección para Paracuellos que fueron ubicados en las prisiones. Participa activamente en la saca realizada en la madrugada del 8 de noviembre en la cárcel Modelo y que costó la vida a unas 350 personas. Capitán en el Ejército Popular a partir de 1937. En julio de 1941 es detenido en Barcelona. Fusilado en Madrid en septiembre de 1941 después de ser juzgado por los tribunales franquistas.

    EL PANADERO. Félix Vega Sanz, pa-nadero de 31 años en 1936. Re-presentante de la UGT en el Comité directivo del CPIP. Orga-niza, con otros dirigentes del CPIP, las sacas de cárceles a partir de 27 de octubre. El 7 de no-viembre es nombrado miembro del Consejo de Investigación de la Dirección General de Seguridad por Santiago Carrillo. Es miem-bro también del tribunal de se-lección para Paracuellos en las cárceles de Porlier y Ventas. Más tarde llegó a comandante de Ca-rabineros. Se exilió después de la guerra.

    EL EMPLEADO. Manuel Ramos Martinez, empleado de 27 años en 1936. Representante de la FAI en el Comité directivo del CPIP y uno de los jefes del tribunal revo-lucionario paralelo de la CNT-FAI, sito en la calle Ferraz nº 16.

    El 7 de noviembre es nombrado miembro del Consejo de Investigación de la Dirección General de Seguridad por Santiago Carrillo. Es miembro también del tribunal de selección para Paracuellos en la cárcel de Ventas. Más tarde es capitán en el Ejército Popular. Fusilado en Madrid en abril de 1940.

    EL DELEGADO COMUNISTA. Antonio Molina Martínez, representante del PCE en el Comité directivo del CPIP. El 7 de noviembre es nom-brado miembro del Consejo de Investigación de la Dirección General de Seguridad por San-tiago Carrillo. Más tarde es comi-sario político en el Ejército Popu-lar. Capturado en Alicante en 1939, logró huir al extranjero.

    Pero no con ellos, ni de lejos, termina la lista de gánsteres que ensangrentaron las calles y plazas en aquel Madrid del No Pasarán. Julius Ruiz da muchos más nombres: Benigno Mancebo Martín, Santiago Álvarez Santiago, Felipe Sandoval, Agapito García Atadell … una cadena represiva nada espontánea y, mucho menos, incontrolada.

    El epítome de aquellos días oscuros tiene un nombre: Paracuellos. Y allí están también los hombres de la lista del hispanista Julius Ruiz. El diablo, el panadero, el pintor... Sí, el 6 de noviembre de 1936 tiene lugar un cambio radical en la situación que se vivía en Madrid como consecuencia de la huída del Gobierno de la República a Valencia. Las tropas franquistas, tras avanzar por la Ciudad Universitaria y la Casa de Campo, han llegado a menos de 200 metros de la prisión más grande de la ciudad: la cárcel Modelo, situada donde hoy tiene su sede el Cuartel del Ejército del Aire en el distrito de Moncloa. En esta cárcel estaban apiñados cerca de 8.000 presos en cinco galerías. Unos 2.000 eran presos políticos considerados fascistas por los dirigentes del Frente Popular. Si caía Madrid, era un peligro para el Frente Popular dejar que tanto fascista pudiera unirse a los nacionales una vez liberados de la cárcel. Largo Caballero ordenó al general Miaja constituir una Junta de Defensa dotada de plenos poderes gubernamentales para la capital. Una de las misiones sería solucionar el problema de los presos. Dentro de la Junta se deciden dos consejerías para los comunistas: la de Guerra para Antonio Mije y la de Orden Público para Santiago Carrillo -tenía 21 años entonces- quien nombra como su segundo y sustituto (en caso de ausencia) a Segundo Serrano Poncela, dirigente de las Juventudes Socialistas.

    En la noche del 6 al 7 de noviembre queda constituido el nuevo Consejo de la Dirección General de Seguridad en Madrid a las órdenes de Santiago Carrillo -a menudo llamado Consejillo. Fue, en realidad, una metamorfosis del anterior Comité Provincial de Investigación Pública (CPIP) creado el 4 de agosto, ya que son designados como integrantes sus cinco miembros más destacados: Manuel Rascón Ramírez (CNT), Antonio Molina Martínez (PCE), Manuel Ramos Martínez (FAI), Félix Vega Sáez (UGT) y Arturo García de la Rosa (JSU).

    También forman parte de este organismo otros tres hombres de Carrillo: Juan Alcántara, Ramón Torrecilla y Santiago Álvarez Santiago. Se crean tres comisiones: una de interrogatorios y propuestas de libertad (Rascón, Félix Vega); otra de cárceles y presos (Serrano Poncela, Juan Alcántara); y la tercera de personal (Santiago Álvarez, Torrecilla, Antonio Molina y Manuel Ramos).

    Desde el 7 de noviembre al 4 de diciembre de 1936 se realizaron 33 sacas de presos, de las que 13 terminaron en asesinatos masivos en las localidades de Paracuellos y Torrejón de Ardoz. Paul Preston señala que normalmente eran Manuel Roscón y Arturo García de la Rosa los que asestaban el tiro de gracia a los prisioneros que no morían por los disparos de los milicianos. Las cifras de los ejecutados son controvertidas (al no ponerse de acuerdo los historiadores) y van desde los 2.500 señalados por Julius Ruiz, pasando por los 5.200 que apuntan los descendientes agrupados en la Hermandad de Paracuellos, hasta los 12.000 que llegó a afirmar la propaganda franquista.

    Ante el escándalo internacional de las matanzas denunciadas por varios diplomáticos extranjeros, el Gobierno republicano nombra al anarquista Melchor Rodríguez como Delegado General de Prisiones, conocido como el Ángel rojo, quien toma posesión de su puesto el 4 de diciembre con plenos poderes sobre las cárceles. Es a partir de ese día, cuando se pone punto y final a las matanzas de Paracuellos. Nada se investigó ni se juzgó en la República sobre la responsabilidad de aquellos crímenes.

    2 comentarios:

    1. Vaya con carrillo y sus secuaces. Buena historia comentada, y que el personal sepa lo que hay.

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    2. Ni Pío Moa escribe esta apología del franquismo. Bueno, quizás sí.

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